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Dos regalos del Camino: poemas de Fray Dino y Cavafis

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2013
8
Dic

Quiero terminar, de momento, mi relato del viaje por el Camino de Santiago con dos poemas. Uno, me lo regaló el Camino. El otro, mi querido amigo José Manuel. Ambos son muy distintos y muy iguales a la vez. Les separan ideologías, espacio y tiempo. Les unen sensibilidad, humanidad y belleza. Y lo más importante les hace ser uno en lo que describen: un camino, un viaje, un destino, una metáfora de la vida.

El primero, también oración para los creyentes, se le atribuye a un monje franciscano llamado Fraydino o Fray Dino, que vivió en una aldea llamada La Faba a 4 kms de O Cebreiro. Lo encontré en la iglesia prerrománica de Santa María la Real de O Cebreiro en Pedrafita do Cebreiro (Lugo), ese puerto de montaña, siempre cerrado en invierno y que todos lo conocemos por las noticias meteorológicas de la televisión, ubicado en un paraje de inigualable belleza.

En la entrada de la iglesia, a la izquierda, se encuentra el baptisterio con una gran pila de piedra de una sola pieza para bautizar por inmersión. Junto a ella hay un gran cartel con este poema/oración:

Aunque hubiera recorrido todos los caminos,
cruzado montañas y valles
desde oriente hasta Occidente,
si no he descubierto la libertad de ser yo mismo
no he llegado a ningún sitio.

Aunque hubiera compartido todos mis bienes
con gentes de otra lengua y cultura,
hecho amistad con peregrinos de mil senderos
o compartido albergue con santos y príncipes,
si no soy capaz de perdonar mañana a mi vecino
no he llegado a ningún sitio

Aunque hubiera cargado mi mochila de principio a fin
y esperado por cada peregrino necesitado de ánimo,
o cedido mi cama a quien llegó después
y regalado mi botellín de agua a cambio de nada,
si de regreso a mi casa y mi trabajo no soy capaz
de crear fraternidad y poner alegría, paz y unidad,
no he llegado a ningún sitio.

Aunque hubiera tenido comida y agua cada día
y disfrutado de techo y ducha todas las noches
o hubiera sido bien atendido de mis heridas,
si no he descubierto en todo ello el amor de Dios,
no he llegado a ningún sitio.

Aunque hubiera visto todos los monumentos
y contemplado las mejores puestas de sol;
Aunque hubiera aprendido un saludo en cada idioma,
o probado el agua limpia de todas las fuentes,
si no he descubierto quién es autor
de tanta belleza gratuita y de tanta paz
no he llegado a ningún sitio.

Si a partir de hoy no sigo caminando en tus caminos,
buscando y viviendo según lo aprendido;
Si a partir de hoy no veo en cada persona,
amigo y enemigo, un compañero de camino;
Si a partir de hoy no reconozco a Dios,
el Dios de Jesús de Nazaret,
como el único Dios de mi vida,
no he llegado a ningún sitio

Fraydino.
La Faba.

Lo empecé a leer con respeto. Lo continué con mucha atención. Lo terminé con lágrimas en los ojos. Me sobrecogió y me emocionó profundamente. Hoy, también.

Muchos regalos me ha dado la vida. Y alguno tan inesperado como los mensajes que me remitieron varios de mis amigos después de leer el relato que les envié de mi Camino de Santiago. A todos ellos quiero darles de nuevo las gracias por su cariño, generosidad, humanidad y amistad.

De entre los mensajes recibidos quiero destacar la carta que me escribió mi muy querido amigo José Manuel, repleta de inteligencia, emotividad, sensibilidad y belleza. Al final de la misma me regaló el precioso poema de “Ítaca” del griego Constantino Cavafis.

No lo conocía. Me lo descubrió y me deleitó. Me parece una joya. Si no lo conoces aquí te lo escribo:

Cuando salgas en el viaje, hacia Ítaca
desea que el camino sea largo,
pleno de aventuras, pleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al irritado Poseidón no temas,
tales cosas en tu ruta nunca hallarás,
si elevado se mantiene tu pensamiento, si una selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
y al feroz Poseidón no encontrarás,
si dentro de tu alma no los llevas,
si tu alma no los yergue delante de ti.

Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánta alegría
entres a puertos nunca vistos:
detente en mercados fenicios,
y adquiere las bellas mercancías,
ámbares y ébanos, marfiles y corales,
y perfumes voluptuosos de toda clase,
cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;
anda a muchas ciudades Egipcias
a aprender y aprender de los sabios.

Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.
Llegar hasta allí es tu destino.
Pero no apures tu viaje en absoluto.
Mejor que muchos años dure:
y viejo ya ancles en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Ítaca.

Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no hubieras salido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.
Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan.

Me produjo una intensa y muy gratificante emoción. Hoy, también.

Ambos poemas metafóricos de la vida me han enseñado cosas nuevas. Me han inspirado y me han provocado. Confío en que no te dejaran indiferente. Tienen mucho. ¡Disfrútalos!

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